Por: Beatriz Sánchez - ProGuatemala

La inversión extranjera directa (IED) continúa como una herramienta fundamental para impulsar el crecimiento económico, generar empleo, promover la transferencia de tecnología y facilitar la inserción de los países en cadenas globales de valor. Sin embargo, en un escenario internacional marcado por la transformación productiva, la transición energética y las nuevas expectativas de consumidores y mercados, el valor de una inversión no se mide únicamente por el monto de capital que ingresa a un país.

Durante años, la conversación sobre atracción de IED giró casi exclusivamente en torno a costos, incentivos fiscales y ubicación geográfica. Esa ecuación ha cambiado.  Hoy los inversionistas que buscan instalar operaciones a largo plazo incorporan criterios ambientales y sociales como parte central del análisis de riesgo y de su decisión final de ubicación.

Factores como la disponibilidad y procedencia de la energía, la eficiencia en el uso de los recursos, la trazabilidad de las materias primas, la gestión ambiental y las condiciones laborales forman parte de una evaluación integral del destino de inversión.

De acuerdo con el Informe sobre las Inversiones en el Mundo 2026 de ONU Comercio y Desarrollo (UNCTAD), los sectores estratégicos, entre ellos la infraestructura vinculada con inteligencia artificial, los semiconductores y las tecnologías relacionadas con la transición energética, representaron el 44% del valor de los proyectos de inversión greenfield a nivel mundial en 2025, frente al 16% registrado en 2020. Esta evolución refleja cómo factores relacionados con tecnología, energía, resiliencia y sostenibilidad están adquiriendo un peso creciente en la configuración de los flujos internacionales de inversión.

Sostenibilidad como un factor de competitividad

Las empresas multinacionales, especialmente aquellas que forman parte de cadenas de valor globales, enfrentan exigencias regulatorias y de mercado que antes no tenían la relevancia que tienen ahora, como reportes de huella de carbono, debida diligencia en derechos humanos, trazabilidad de insumos y compromisos de cero deforestación, entre otros. Estas exigencias no se quedan en la casa matriz, se extienden a toda la cadena de suministro y se trasladan directamente a los criterios con los que se evalúa un país de destino.

La energía es uno de los factores centrales en esta nueva dinámica. Las empresas no solamente analizan su disponibilidad y costo, sino también su confiabilidad, eficiencia y composición. Sectores como la manufactura avanzada, los servicios tecnológicos, la agroindustria, la electrónica y la infraestructura digital requieren soluciones energéticas que les permitan operar competitivamente y avanzar en el cumplimiento de sus propios compromisos ambientales.

De igual manera, la gestión responsable del agua, los residuos y las materias primas cobra mayor relevancia. La eficiencia en el uso de recursos puede reducir costos, mejorar la productividad y fortalecer la resiliencia de una operación frente a posibles disrupciones. Para los territorios receptores, estas inversiones también pueden estimular la adopción de mejores prácticas, el desarrollo de nuevos servicios especializados y la modernización de proveedores locales.

La trazabilidad constituye otro elemento esencial. Los consumidores y compradores internacionales demandan más información sobre el origen de los productos, las condiciones en las que fueron elaborados y los impactos asociados a su producción. Una empresa capaz de demostrar el cumplimiento de estándares ambientales y sociales fortalece su posición dentro de las cadenas globales de valor. Al mismo tiempo, los proveedores locales que se preparan para responder a estos requerimientos amplían sus posibilidades de vincularse con compañías multinacionales y acceder a nuevos mercados.

La sostenibilidad, por lo tanto, ha dejado de ser solamente un compromiso corporativo para convertirse en una parte de la competitividad. Para muchas empresas, producir de manera eficiente, reducir riesgos ambientales, demostrar el origen de sus insumos y cumplir estándares sociales es una condición necesaria para mantener clientes, acceder a financiamiento e integrarse en cadenas internacionales.

Más allá del capital: empleo, conocimiento y desarrollo territorial

No obstante, atraer inversión sostenible va más allá de promover actividades consideradas verdes. Una inversión puede generar impacto positivo cuando crea empleos de calidad, fortalece las capacidades del talento local, transfiere tecnología, desarrolla proveedores y genera oportunidades en distintos territorios creando impacto social. También puede contribuir a elevar los estándares productivos y facilitar que empresas nacionales participen en actividades de mayor valor agregado.

Los proyectos de inversión que priorizan la sostenibilidad tienden a generar externalidades positivas más duraderas: fortalecen proveedores locales, invierten en capacitación técnica y suelen mantener relaciones de largo plazo con las comunidades y autoridades locales. Esta es precisamente la lógica detrás de una atracción de inversión que no busca únicamente cifras de corto plazo, sino un desarrollo territorial sostenido.

El papel de las agencias de promoción de inversión

Las agencias de promoción de inversiones, como ProGuatemala, tienen un papel estratégico en este proceso. Además de presentar las ventajas de un destino, la agencia nacional comprender las necesidades de los inversionistas, identifica proyectos compatibles con las prioridades nacionales y conecta a las empresas con instituciones, territorios, academia y proveedores.

Esto implica, entre otras cosas, tener información clara y actualizada sobre la matriz energética del país y sus proyecciones, articular con actores públicos y privados para fortalecer la trazabilidad de las cadenas productivas locales, y acompañar a los inversionistas en la identificación de proveedores y socios que cumplan con estándares internacionales.

También implica un cambio de narrativa: pasar de vender solamente costos competitivos a comunicar con evidencia las condiciones de sostenibilidad que un país ofrece, desde su marco regulatorio ambiental hasta las capacidades técnicas de su fuerza laboral.

Atraer capital que genere valor a largo plazo

Para Guatemala, este cambio representa una oportunidad estratégica. El reto consiste en atraer inversiones que, además de aportar capital, contribuyan a transformar capacidades productivas, generar empleo, transferir conocimiento y promover el desarrollo territorial. La sostenibilidad no debe entenderse como un elemento adicional de la estrategia de atracción de IED, sino como una herramienta para fortalecer la competitividad del país y construir relaciones de inversión de largo plazo.

En definitiva, atraer inversión extranjera con impacto implica responder a una pregunta cada vez más relevante: qué transformaciones puede generar esa inversión en su economía, sus empresas, su talento y sus territorios.